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jueves, 4 de marzo de 2010

"YO NO SABÍA QUE ERA MILLONARIO"

“Quiubo Ana Isabel, apure el paso pues mujer que nos está cogiendo el día para llegar a La Valeria a visitar a las familias y son muchas”, me dijo José Gabriel Ochoa antes de emprender el viaje que nos llevaría a La vereda La Valeria del Municipio de Caldas, Antioquia.

Llevábamos 10 minutos rodeados de hermosos verdes, de casas de cemento, la mayoría de dos plantas, de gente de clase media y en algunos casos alta, y ahora a nuestro alrededor solo había grises acompañados de casas de madera, plástico, y en el mejor de los casos con uno que otro ladrillo. Habíamos pasado de la abundancia de la Plaza de Mercado a las hoyas vacías de la parte Alta de la Valeria.

Su voz sonaba fuerte, como la de un hombre nacido en las montañas. Sin embargo, la entonación enérgica de la misma se perdía en un rostro dulce y en una mirada cálida, enternecedora. Este es un hombre obeso de poca estatura. Es calvo y su cara deja ver algunas arrugas que lo aproximan a los 70 años.

Para él, el hambre no da espera y fue por eso que decidió implementar un servicio efectivo para repartir mercados cada 15 días a las familias de escasos recursos. La venta de empanadas, tamales, boletas, y las donaciones de personas solidarias, financian mensualmente los 7 millones y medio de pesos que necesita este hombre para cumplir con su trabajo.

Sin embargo su buena intención se ve opacada por las mentes malintencionadas que se alimentan del engaño para sacar provecho de la labor que realiza. Por eso, él mismo se ideó una forma para controlar, en la medida de lo posible, la repartición de las ayudas.

Evalúa la solicitud y prepara las visitas al lugar. No es un hombre que se meta en las casas a abrir las hoyas y a mirar los armarios, cuando los hay. José Gabriel Ochoa revisa la situación general de las familias que vistas y de su situación, según el nivel del SISBEN en el que están. Tampoco es un hombre de caridades de semáforo.

Con la plata que recoge de los pagos de los mercados, Virginia Correa, su esposa, mantiene un ropero que creó ella en la Central Católica para tener ropa usada en buen estado y así vendérsela a las personas necesitadas.

Parecen recordar el día ya lejano en el que vieron, junto a una de las antiguas vías del Ferrocarril de Antioquia una casa que caía, el llanto de una señora con las pocas cosas que le habían quedado, mientras ellos, José Gabriel y Virginia, iban pensando en un viejo sueño: conocer al mar con toda la familia.

Para ellos esto fue una señal divina que pretendía demostrarles, un vez más, que lo tenían todo y que debían darle un poco, de ese todo a los más necesitados. Por eso, al ver aquella casa casi a punto de caer, decidieron dejar de lado el viaje a conocer el mar y le construyeron una nueva casa a la señora. “Yo no sabía que era millonario” decía este hombre mientras sus ojos empezaban a brillar de alegría evocando este momento.

Una puerta de madera se abría para mostrarnos el interior de una vivienda humilde. Las paredes pintadas de varios colores recorrían los pocos metros cuadrados que entre cubrían dos colchones viejos, un fogón eléctrico, una mesa de madera roída y un pequeño sanitario con una cortina encima.

“Cuando yo empecé, llegaba a mi casa y buscaba lo que me sobraba para salir a regalárselo a la gente de la calle. Había días que me encontraba con personas que llevaban dos días sin comer. Yo no regalo todo lo que tengo porque Virginia no me deja y es la que hace que yo haga una línea divisoria entre mi oficio y mi casa”

Su esposa me miró con una sonrisa delatadora asegurándome que si ella no existiera serían ellos los que necesitarían ayuda de La Central Católica para poder subsistir.

“Yo no soy capaz de recibir plata por lo que hago, afortunadamente cuento con una pensión que me sirve para poder comprar lo necesario, mis hijos están bien colocados y mi familia no tiene de que quejarse” aseguró este hombre cuando la palabra dinero se entrometió en la conversación.

Despidiéndonos de La Valeria, la cara de José Gabriel Ochoa manifestaba la satisfacción del deber cumplido, y tratando de darme una lección de vida me decía: “Yo le digo a los jóvenes que valoraren todo lo que tienen, principalmente los esfuerzos tan grandes que hacen los papás por darles una vida mejor. Cada quien tiene sus propias necesidades, pero hay que dejar de exigir cosas que en realidad no se necesitan”.

Cuando habíamos terminado el recorrido por La Valeria, volvíamos a cambiar de mundos, ya nuestro alrededor no era gris. Las personas ya no reconocían José Gabriel Ochoa, y de nuevo ante nuestras miradas aparecieron casas de dos pisos, niños que montaban en bicicletas y lujos que hacía unos minutos sólo veíamos en pedazos de periódicos que cubrían una que otra ventana.


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