Esas típicas frases de cajón, con un énfasis moralizante y cansón que a diario oímos especialmente de las personas adultas, no son algo diferente a la realidad que estamos viviendo en nuestra sociedad, pues cuando dicen:” los tiempos han cambiado mucho”, o “esta juventud de ahora”, me transporto inmediatamente al momento en que yo era niña y lo comparo con los niños que me rodean y puedo afirmar que sí, que los tiempos sí han cambiado muchísimo, pues me pregunto si realmente los niños siguen existiendo, o mejor dicho, casi que aseguro que los niños están en vía de extinción.
Casi que cuando nacen los niños actuales se les está entregando un tarjeta de algún banco para que ahorren, cuando antes era el tradicional marrano de cerámica que uno pintaba a su antojo y que esperaba años hasta que llegara ese maravilloso día de romperlo. Esa felicidad de contar las monedas y llevarlas a la tienda de la esquina a cambiarlas no se le puede negar a un niño.
O qué pensar del momento en el que uno impresionaba a los papás cuando la mamá gritaba ¿Qué hora es? Y uno con lentitud, tenía que ser preciso, respondía...las dos y siete; ahora, todo está dado. Los zapatos tienen cierre de velcro y los relojes son digitales.
Y la navidad, ese sí era el sueño esperado: todo el año se recogían tapas de gaseosa para hacer cascabeles, los instrumentos de verdad no importaban tanto, importaban más los que se habían realizado después del esfuerzo de todo un año, además en navidad se sentía el desespero más grande de llegar a la casa para ver todos los regalos que le había dejado el niño Dios.
Ya esta época no es la misma, los niños están en una constante presión de crecer, avanzar y adelantarse lo más rápido posible, pues la sociedad tiene afán de que esos niños lleguen a adaptarse y a producir, solo sirven los que llamas niños genios, que para mí no son otra cosa que niños a los que se les impuso lo que ellos debieron haber descubierto por sí solos, pues la imaginación y el encanto de descubrir que el agua moja, que las piedras no tienen vida, que los pájaros vuelan, se les niega al darles una crianza orientada hacia “lo útil, lo que sirva para la vida”.
Es triste ver cómo los adultos ayudamos a la eliminación de la niñez: cuando más nos gustan los niños es cuando dejan de serlo y se hacen iguales a nosotros; por eso desde que aprenden a hablar los estamos metiendo al complejo mundo de la adultez preguntándoles continuamente ¿qué van a hacer cuando sean grandes?
Los jardines infantiles cada día están más en la temible línea de desaparición, pues muchos padres creen que allá no se les enseña nada a sus hijos, que pagan para que los niños jueguen, y no se dan cuenta que este es el lugar en donde el niño desarrolla la capacidad de pensar, de dirigir la curiosidad, de encontrar respuestas a las miles de preguntas que ellos tienen que son la base para en un futuro, en su debido momento, aprendan a escribir, leer sumar, restar entre otros.
Prefieren matricularlos desde los 4 años a un colegio donde los reciben con un abecedario, unas tablas de multiplicar y donde les muestran que la economía del mundo se rige por el capitalismo, que sin preservativos ni pio, que la política cuenta con varios partidos, que el cantante de moda es Juanes, y que el reggaetón es lo que marca la parada.
¿A dónde vamos con tanta prisa?, ¿que osamos exigirles más a nuestros niños? En una vida que dura aproximadamente 80 años ¿no habrá tiempo para que los pequeños exploren el mundo ellos solitos a su modo y a su ritmo? Si convertimos a nuestros niños en intelectuales autómatas ¿qué habremos conseguido? Dificultades, disgustos… Pues, cuando forzamos a nuestros niños, para que se adapten rápidamente, cuando les organizamos sus vidas de forma que no tienen un momento para la contemplación interior, disminuimos las posibilidades del genuino pensamiento y crecimiento individual.
.Pareciera pues como si hubiera una conspiración contra la niñez. Todo se enfoca a que los niños dejen de serlo lo más pronto posible, actuando así en contravía de la naturaleza. Con ello estamos formando niños a los que ya nada los deslumbra, todo lo tienen hecho y por esta misma razón, caen fácilmente en la desmotivación, en la falta de incentivos:” Al criar una niñez sin infancia, estamos formando adultos sin identidad”.
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