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jueves, 4 de marzo de 2010

¿QUÉ ESTÁ PASANDO CON LA NIÑEZ?

Esas típicas frases de cajón, con un énfasis moralizante y cansón que a diario oímos especialmente de las personas adultas, no son algo diferente a la realidad que estamos viviendo en nuestra sociedad, pues cuando dicen:” los tiempos han cambiado mucho”, o “esta juventud de ahora”, me transporto inmediatamente al momento en que yo era niña y lo comparo con los niños que me rodean y puedo afirmar que sí, que los tiempos sí han cambiado muchísimo, pues me pregunto si realmente los niños siguen existiendo, o mejor dicho, casi que aseguro que los niños están en vía de extinción.

Casi que cuando nacen los niños actuales se les está entregando un tarjeta de algún banco para que ahorren, cuando antes era el tradicional marrano de cerámica que uno pintaba a su antojo y que esperaba años hasta que llegara ese maravilloso día de romperlo. Esa felicidad de contar las monedas y llevarlas a la tienda de la esquina a cambiarlas no se le puede negar a un niño.

O qué pensar del momento en el que uno impresionaba a los papás cuando la mamá gritaba ¿Qué hora es? Y uno con lentitud, tenía que ser preciso, respondía...las dos y siete; ahora, todo está dado. Los zapatos tienen cierre de velcro y los relojes son digitales.

Y la navidad, ese sí era el sueño esperado: todo el año se recogían tapas de gaseosa para hacer cascabeles, los instrumentos de verdad no importaban tanto, importaban más los que se habían realizado después del esfuerzo de todo un año, además en navidad se sentía el desespero más grande de llegar a la casa para ver todos los regalos que le había dejado el niño Dios.

Ya esta época no es la misma, los niños están en una constante presión de crecer, avanzar y adelantarse lo más rápido posible, pues la sociedad tiene afán de que esos niños lleguen a adaptarse y a producir, solo sirven los que llamas niños genios, que para mí no son otra cosa que niños a los que se les impuso lo que ellos debieron haber descubierto por sí solos, pues la imaginación y el encanto de descubrir que el agua moja, que las piedras no tienen vida, que los pájaros vuelan, se les niega al darles una crianza orientada hacia “lo útil, lo que sirva para la vida”.

Es triste ver cómo los adultos ayudamos a la eliminación de la niñez: cuando más nos gustan los niños es cuando dejan de serlo y se hacen iguales a nosotros; por eso desde que aprenden a hablar los estamos metiendo al complejo mundo de la adultez preguntándoles continuamente ¿qué van a hacer cuando sean grandes?

Los jardines infantiles cada día están más en la temible línea de desaparición, pues muchos padres creen que allá no se les enseña nada a sus hijos, que pagan para que los niños jueguen, y no se dan cuenta que este es el lugar en donde el niño desarrolla la capacidad de pensar, de dirigir la curiosidad, de encontrar respuestas a las miles de preguntas que ellos tienen que son la base para en un futuro, en su debido momento, aprendan a escribir, leer sumar, restar entre otros.

Prefieren matricularlos desde los 4 años a un colegio donde los reciben con un abecedario, unas tablas de multiplicar y donde les muestran que la economía del mundo se rige por el capitalismo, que sin preservativos ni pio, que la política cuenta con varios partidos, que el cantante de moda es Juanes, y que el reggaetón es lo que marca la parada.

¿A dónde vamos con tanta prisa?, ¿que osamos exigirles más a nuestros niños? En una vida que dura aproximadamente 80 años ¿no habrá tiempo para que los pequeños exploren el mundo ellos solitos a su modo y a su ritmo? Si convertimos a nuestros niños en intelectuales autómatas ¿qué habremos conseguido? Dificultades, disgustos… Pues, cuando forzamos a nuestros niños, para que se adapten rápidamente, cuando les organizamos sus vidas de forma que no tienen un momento para la contemplación interior, disminuimos las posibilidades del genuino pensamiento y crecimiento individual.

.Pareciera pues como si hubiera una conspiración contra la niñez. Todo se enfoca a que los niños dejen de serlo lo más pronto posible, actuando así en contravía de la naturaleza. Con ello estamos formando niños a los que ya nada los deslumbra, todo lo tienen hecho y por esta misma razón, caen fácilmente en la desmotivación, en la falta de incentivos:” Al criar una niñez sin infancia, estamos formando adultos sin identidad”.

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"YO NO SABÍA QUE ERA MILLONARIO"

“Quiubo Ana Isabel, apure el paso pues mujer que nos está cogiendo el día para llegar a La Valeria a visitar a las familias y son muchas”, me dijo José Gabriel Ochoa antes de emprender el viaje que nos llevaría a La vereda La Valeria del Municipio de Caldas, Antioquia.

Llevábamos 10 minutos rodeados de hermosos verdes, de casas de cemento, la mayoría de dos plantas, de gente de clase media y en algunos casos alta, y ahora a nuestro alrededor solo había grises acompañados de casas de madera, plástico, y en el mejor de los casos con uno que otro ladrillo. Habíamos pasado de la abundancia de la Plaza de Mercado a las hoyas vacías de la parte Alta de la Valeria.

Su voz sonaba fuerte, como la de un hombre nacido en las montañas. Sin embargo, la entonación enérgica de la misma se perdía en un rostro dulce y en una mirada cálida, enternecedora. Este es un hombre obeso de poca estatura. Es calvo y su cara deja ver algunas arrugas que lo aproximan a los 70 años.

Para él, el hambre no da espera y fue por eso que decidió implementar un servicio efectivo para repartir mercados cada 15 días a las familias de escasos recursos. La venta de empanadas, tamales, boletas, y las donaciones de personas solidarias, financian mensualmente los 7 millones y medio de pesos que necesita este hombre para cumplir con su trabajo.

Sin embargo su buena intención se ve opacada por las mentes malintencionadas que se alimentan del engaño para sacar provecho de la labor que realiza. Por eso, él mismo se ideó una forma para controlar, en la medida de lo posible, la repartición de las ayudas.

Evalúa la solicitud y prepara las visitas al lugar. No es un hombre que se meta en las casas a abrir las hoyas y a mirar los armarios, cuando los hay. José Gabriel Ochoa revisa la situación general de las familias que vistas y de su situación, según el nivel del SISBEN en el que están. Tampoco es un hombre de caridades de semáforo.

Con la plata que recoge de los pagos de los mercados, Virginia Correa, su esposa, mantiene un ropero que creó ella en la Central Católica para tener ropa usada en buen estado y así vendérsela a las personas necesitadas.

Parecen recordar el día ya lejano en el que vieron, junto a una de las antiguas vías del Ferrocarril de Antioquia una casa que caía, el llanto de una señora con las pocas cosas que le habían quedado, mientras ellos, José Gabriel y Virginia, iban pensando en un viejo sueño: conocer al mar con toda la familia.

Para ellos esto fue una señal divina que pretendía demostrarles, un vez más, que lo tenían todo y que debían darle un poco, de ese todo a los más necesitados. Por eso, al ver aquella casa casi a punto de caer, decidieron dejar de lado el viaje a conocer el mar y le construyeron una nueva casa a la señora. “Yo no sabía que era millonario” decía este hombre mientras sus ojos empezaban a brillar de alegría evocando este momento.

Una puerta de madera se abría para mostrarnos el interior de una vivienda humilde. Las paredes pintadas de varios colores recorrían los pocos metros cuadrados que entre cubrían dos colchones viejos, un fogón eléctrico, una mesa de madera roída y un pequeño sanitario con una cortina encima.

“Cuando yo empecé, llegaba a mi casa y buscaba lo que me sobraba para salir a regalárselo a la gente de la calle. Había días que me encontraba con personas que llevaban dos días sin comer. Yo no regalo todo lo que tengo porque Virginia no me deja y es la que hace que yo haga una línea divisoria entre mi oficio y mi casa”

Su esposa me miró con una sonrisa delatadora asegurándome que si ella no existiera serían ellos los que necesitarían ayuda de La Central Católica para poder subsistir.

“Yo no soy capaz de recibir plata por lo que hago, afortunadamente cuento con una pensión que me sirve para poder comprar lo necesario, mis hijos están bien colocados y mi familia no tiene de que quejarse” aseguró este hombre cuando la palabra dinero se entrometió en la conversación.

Despidiéndonos de La Valeria, la cara de José Gabriel Ochoa manifestaba la satisfacción del deber cumplido, y tratando de darme una lección de vida me decía: “Yo le digo a los jóvenes que valoraren todo lo que tienen, principalmente los esfuerzos tan grandes que hacen los papás por darles una vida mejor. Cada quien tiene sus propias necesidades, pero hay que dejar de exigir cosas que en realidad no se necesitan”.

Cuando habíamos terminado el recorrido por La Valeria, volvíamos a cambiar de mundos, ya nuestro alrededor no era gris. Las personas ya no reconocían José Gabriel Ochoa, y de nuevo ante nuestras miradas aparecieron casas de dos pisos, niños que montaban en bicicletas y lujos que hacía unos minutos sólo veíamos en pedazos de periódicos que cubrían una que otra ventana.


MIRADAS INOCENTES DENTRO DE UN VAGÓN DEL METRO CABLE

El guía.

Una tarde, en la estación del metro de San Javier, se montó en una de las cabinas del Metro Cable, Walter de Jesús Puerta, en compañía de cuatro amigos, su cara reflejaba su corta edad pero al mismo tiempo dejaba ver a un niño experimentado, sí, él no era un niño normal para su edad, su forma de hablar y de expresarse dejaban ver cada una de las calles que seguramente él había recorrido.

Se dirigía hacia, lo que durante un año ha sido su casa, una fundación infantil de narcóticos anónimos en donde recogen a niños, que como Walter de Jesús, se encontraban en las calles consumiendo drogas y en algunos casos vendiéndolas.

La escarapela que llevaba sobre su cuello decía en letra grande y colorida la palabra guía del grupo A, lo que significaba que él con apenas 14 años era responsable de un grupo de hombrecitos que habían salido por algunas horas de su actual hogar para asistir a una cita odontológica en el otro lado de la ciudad.

Durante el recorrido hacia la Aurora, última estación del Metro Cable de Occidente, un niño de los que estaba a cargo de Walter de Jesús, dejó salir de su boca unas palabras reveladoras, propias de la inocencia de una persona de su edad. Él decía algo como: gracias guía por no dejarme des alcantarillar otra vez en el mundo de la marihuana y traerme de vuelta a la casa.

Walter con una alegría única le sonrió, dejando ver el sus dientes blancos y la felicidad que lo acompañaba por haber regresado con todos sus amigos sanos y salvos al lugar donde le habían devuelto las ganas de vivir.

A pocos días de dejar la Fundación Walter asegura que él solamente es guía de su propia vida, que al momento de salir quiere seguir siendo lo que logró en su rehabilitación: “acompañante del grupo A”, pues él quiere enseñarle a todos los niños que están como en algún momento estuvo él, que la calle sólo es la vivienda para los pájaros, los árboles, los edificios y las casas y que el lugar de ellos en la vida es estudiar y poder recuperar lo que algún día se les perdió, la niñez.

Walter de Jesús como muchos niños que han pasado por los corredores de la fundación, salen con la esperanza de no volver a caer en el tenebroso mundo del delirio, de la sed, del hambre, de la risa incontrolable y de la ansiedad profunda que provoca la marihuana, pero para lograrlo ellos son consientes que deben vivir el día a día aplicando el método de hoy no fumo pero mañana sí, para que al día siguiente lo repitan y así sucesivamente hasta que sus cuerpecitos los vuelvan a aceptar como lo que son: niños.


UN MUNDO DE OLORES Y SABORES




Son las 5 y 40 de la mañana y desde el taxi que me lleva hacia la Placita de Flórez en el centro de Medellín puedo ver algunos rayos de sol que se asoman tímidamente entre las montañas, puedo sentir también el aire fresco que entra por las ventanas y que trae consigo un olor a limpio. La ciudad está vacía y todavía está temprano para despertar la vida desordenada que caracteriza el lugar.

Cuando llego a mi destino inmediatamente mi pensamiento se transporta a mi niñez, el olor a papas y a flores de la entrada de la plaza me recuerda cuando me montaba en el tractor de la finca y me sentaba encima de las papas que se habían recogido en las cosechas de La Unión.

El olor de las flores me hacen recordar el juego típico de las margaritas en el que uno les quita sus pétalos y va repitiendo con el sonido del viento y del agua me quiere, no me quiere.

Después de haber realizado un paseo ligero sobre mis recuerdos decido entrar a al primer piso del recinto, allí encuentro personas trabajadoras y madrugadoras que con su buena atención pretenden hacer su primera venta del día: el nombre de dios. A la orden, a la orden, vea le tengo el banano, la manzana, la papayuela, las uvas, las uchuvas, frases como estas son las que utilizan los vendedores para lograr su objetivo principal.

Aunque la gente del primer nivel se esmera por hacerme sentir bien, mi nariz está confundida, el olor es indescriptible y ella no logra percibir si le huele a carne, a leche a frutas o a verduras. Sin embargo está segura que el lugar en el que se encuentra es una plaza de mercado y es en ese momento en donde empieza a husmear cada división del lugar para ayudarle a mi boca a decidir lo que podría degustar, a pesar del esfuerzo el intento fue en vano.

Álvaro Vallejo, dueño de la Legumbrería el Descanso, como buen vendedor sabe reconocer el olor individual de cada fruta y verdura, conoce perfectamente el olor a carne y a sangre del primer piso; el olor a hierbas esotéricas y a frutas del segundo y el olor a huerta, a finca y a verduras del sótano; sin embargo es consciente que con todos los años que lleva trabajando allá el olfato se le ha acostumbrado y muchos días deja de lado los olores específicos para sentir el olor a nada que lo aburre de la plaza.

También asegura que el mejor piso de la Placita es el segundo y dice con mucha confianza que su local es el más limpio y el de los productos más frescos. Para mi nariz también este era el lugar más agradable de la plaza, allí dejó que mi boca probara unas uchuvas ácidas y un banano dulzón.

Esto es una confusión circular, sin principio ni final y aunque Álvaro garantiza que cada nivel tiene un olor específico, mi nariz dice que el resultado es propio de una mezcla de alimentos disparejos que se unen para allanar un espacio particular de la ciudad.

Pero a pesar de lo que dice mi nariz, mi corazón asegura que este es un lugar lleno de emprendimiento y de personas que aman lo que hacen, por eso reconoce que esta es un plaza diferente a las demás, pues tiene su sello personal que se plasma en el sabor de las frutas, en la sonrisa mañanera de los trabajadores y en el colorido de las flores.