El guía.
Una tarde, en la estación del metro de San Javier, se montó en una de las cabinas del Metro Cable, Walter de Jesús Puerta, en compañía de cuatro amigos, su cara reflejaba su corta edad pero al mismo tiempo dejaba ver a un niño experimentado, sí, él no era un niño normal para su edad, su forma de hablar y de expresarse dejaban ver cada una de las calles que seguramente él había recorrido.
Se dirigía hacia, lo que durante un año ha sido su casa, una fundación infantil de narcóticos anónimos en donde recogen a niños, que como Walter de Jesús, se encontraban en las calles consumiendo drogas y en algunos casos vendiéndolas.
La escarapela que llevaba sobre su cuello decía en letra grande y colorida la palabra guía del grupo A, lo que significaba que él con apenas 14 años era responsable de un grupo de hombrecitos que habían salido por algunas horas de su actual hogar para asistir a una cita odontológica en el otro lado de la ciudad.
Durante el recorrido hacia la Aurora, última estación del Metro Cable de Occidente, un niño de los que estaba a cargo de Walter de Jesús, dejó salir de su boca unas palabras reveladoras, propias de la inocencia de una persona de su edad. Él decía algo como: gracias guía por no dejarme des alcantarillar otra vez en el mundo de la marihuana y traerme de vuelta a la casa.
Walter con una alegría única le sonrió, dejando ver el sus dientes blancos y la felicidad que lo acompañaba por haber regresado con todos sus amigos sanos y salvos al lugar donde le habían devuelto las ganas de vivir.
A pocos días de dejar la Fundación Walter asegura que él solamente es guía de su propia vida, que al momento de salir quiere seguir siendo lo que logró en su rehabilitación: “acompañante del grupo A”, pues él quiere enseñarle a todos los niños que están como en algún momento estuvo él, que la calle sólo es la vivienda para los pájaros, los árboles, los edificios y las casas y que el lugar de ellos en la vida es estudiar y poder recuperar lo que algún día se les perdió, la niñez.
Walter de Jesús como muchos niños que han pasado por los corredores de la fundación, salen con la esperanza de no volver a caer en el tenebroso mundo del delirio, de la sed, del hambre, de la risa incontrolable y de la ansiedad profunda que provoca la marihuana, pero para lograrlo ellos son consientes que deben vivir el día a día aplicando el método de hoy no fumo pero mañana sí, para que al día siguiente lo repitan y así sucesivamente hasta que sus cuerpecitos los vuelvan a aceptar como lo que son: niños.
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