
Son las 5 y 40 de la mañana y desde el taxi que me lleva hacia la Placita de Flórez en el centro de Medellín puedo ver algunos rayos de sol que se asoman tímidamente entre las montañas, puedo sentir también el aire fresco que entra por las ventanas y que trae consigo un olor a limpio. La ciudad está vacía y todavía está temprano para despertar la vida desordenada que caracteriza el lugar.
Cuando llego a mi destino inmediatamente mi pensamiento se transporta a mi niñez, el olor a papas y a flores de la entrada de la plaza me recuerda cuando me montaba en el tractor de la finca y me sentaba encima de las papas que se habían recogido en las cosechas de La Unión.
El olor de las flores me hacen recordar el juego típico de las margaritas en el que uno les quita sus pétalos y va repitiendo con el sonido del viento y del agua me quiere, no me quiere.
Después de haber realizado un paseo ligero sobre mis recuerdos decido entrar a al primer piso del recinto, allí encuentro personas trabajadoras y madrugadoras que con su buena atención pretenden hacer su primera venta del día: el nombre de dios. A la orden, a la orden, vea le tengo el banano, la manzana, la papayuela, las uvas, las uchuvas, frases como estas son las que utilizan los vendedores para lograr su objetivo principal.
Aunque la gente del primer nivel se esmera por hacerme sentir bien, mi nariz está confundida, el olor es indescriptible y ella no logra percibir si le huele a carne, a leche a frutas o a verduras. Sin embargo está segura que el lugar en el que se encuentra es una plaza de mercado y es en ese momento en donde empieza a husmear cada división del lugar para ayudarle a mi boca a decidir lo que podría degustar, a pesar del esfuerzo el intento fue en vano.
Álvaro Vallejo, dueño de la Legumbrería el Descanso, como buen vendedor sabe reconocer el olor individual de cada fruta y verdura, conoce perfectamente el olor a carne y a sangre del primer piso; el olor a hierbas esotéricas y a frutas del segundo y el olor a huerta, a finca y a verduras del sótano; sin embargo es consciente que con todos los años que lleva trabajando allá el olfato se le ha acostumbrado y muchos días deja de lado los olores específicos para sentir el olor a nada que lo aburre de la plaza.
También asegura que el mejor piso de la Placita es el segundo y dice con mucha confianza que su local es el más limpio y el de los productos más frescos. Para mi nariz también este era el lugar más agradable de la plaza, allí dejó que mi boca probara unas uchuvas ácidas y un banano dulzón.
Esto es una confusión circular, sin principio ni final y aunque Álvaro garantiza que cada nivel tiene un olor específico, mi nariz dice que el resultado es propio de una mezcla de alimentos disparejos que se unen para allanar un espacio particular de la ciudad.
Pero a pesar de lo que dice mi nariz, mi corazón asegura que este es un lugar lleno de emprendimiento y de personas que aman lo que hacen, por eso reconoce que esta es un plaza diferente a las demás, pues tiene su sello personal que se plasma en el sabor de las frutas, en la sonrisa mañanera de los trabajadores y en el colorido de las flores.
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