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lunes, 15 de febrero de 2010

LO QUE PUEDE HACER UN “BURRO” PERSEVERANTE

En un país tan ambiguo como Colombia las buenas noticias son cada vez más escasas, y no es porque no existan, sino que hay que buscarlas una y otra vez en el desaliento penetrante de la sociedad que nos acostumbró a vivir en la negatividad de la vida olvidándonos de quienes somos realmente.

Pero debajo de esa constante todavía hay personas que están ahí para recordarnos lo valiosos, encantadores y buenos que podemos ser. El personaje de esta historia es un ejemplo claro de esto, pues tan sólo a sus 9 años de edad, por su amor a los balones y quizás a las piscinas, ingresó en el mundo del waterpolo para volverse uno de los jugadores más importantes de este deporte a nivel mundial.

Él es Alejandro Idárraga Gaviria, nació en Medellín Antioquia hace 24 años y hace 5 juega en Barcelona para la segunda liga más importante del waterpolo a nivel mundial. Sus amigos le dicen burro, apodo que encaja con su terquedad para lograr lo que se propone.

Para él no ha sido fácil llegar allí, asegura que en su ciudad natal el waterpolo es un deporte que se encuentra desplazado por el fútbol y que no cuenta con grandes patrocinadores; sin embargo él nunca se rindió y gracias a su perseverancia y a su sencillez logró llegar al lugar que algún día se propuso.

Considera que está ahí gracias al amor que siente por las piscinas, pues estás no sólo son su lugar de trabajo, sino que también son las que le brinda la paz y la tranquilidad que necesita para soportar el sacrificio de vivir alejado de su familia, de sus amigos y de su ciudad.

Quizás el momento más importante en su carrera, o tal vez el más decisivo, se dio en el 2005 cuando quedó como el mejor jugador de waterpolo de Sur América, triunfo que le logró en los Suramericanos de ese año, después de haber regresado de entrenar en el Club Botafogo de Brasil.

Cuando terminó su estadía en Brasil, a Alejandro se le cumplió su sueño, fue en ese momento cuando un club español de segunda división se interesó en él. Desde ese entonces se levanta todos los días a las 11 de la mañana y camina dos largas cuadras de su casa a su al trabajo, allí entrena, almuerza, le da clases de waterpolo a un grupo de niños, se va a su casa, hace algo de comer y se acuesta a dormir.

Aunque dice que sus días son monótonos se encuentra feliz con lo que hace y orgulloso de él mismo por haber llegado allá, sin embrago no tiene muy claro su futuro profesional, no sabe si va a seguir jugando o si va a ser entrenador, sólo sabe que quiere volver algún día a Medellín y que sueña con construir una familia.

Pues Alejandro lo ha hecho muy bien, y el reconocimiento que tiene en la actualidad se lo ha ganado por el emprenderismo constante que ha demostrado tener desde pequeño.

Su ejemplo nos sirve para reiterar que los sueños sí son posibles y se logran con esfuerzos; que la mayoría de colombianos somos como él y no como las personas que nos matan y nos secuestran; y que nuestra razón de ser está escondida debajo del desaliento gigante que nos ciega a diario, pero que gracias a personas como él, entendemos una vez más que Colombia está llena de talento y de historias felices que muestran lo que verdaderamente somos.

HISTORIA DE UNA VIDA EN EL PARQUE DE ENVIGADO

Él es Joaquín Antonio Gómez Mesa, un habitante de la ciudad de Envigado que asegura, que aunque su pueblo registra como una gran ciudad, sigue conservando la plaza principal que caracteriza a los tradicionales pueblos antioqueños.

Vive a tres cuadras del parque, en una casa construida con cal que conserva las ventanas de madera que le recuerdan a las visitas que sus cuñados les hacían a sus hermanas cuando eran novios.

Todos los días se despierta a las seis de la mañana, se toma un café con leche, se come un pan de queso y emprende la caminata por las tres cuadras largas que lo separan de su destino final: El Parque de Envigado.

- Cuando llegó al Parque, me encuentro con estos dos señores, amigos míos del Liceo Manuel Uribe Ángel y entramos a la misa de siete a dar gracias a Dios por tenernos con vida todavía, a propósito majita ¿usted sabía que en diciembre esta iglesia es de las más alumbradas? Atrae a muchos turistas pero jamás como era ahora años.

Según Joaquín Antonio Gómez, hace algunos años la plaza era el centro turístico de Medellín, dice que anteriormente el parque de Envigado tenía muchas mesas en el centro y las personas que lo visitaban se sentaban en ellas a tomar aguardiente y a escuchar a los merenderos que pasaban de mesa en mesa cantando boleros.

- Cuando salimos de misa nos dirigimos hacia Las Nubes, un estadero al lado derecho de la iglesia, ahí compramos un periquito y el periódico, en semana simplemente lo leemos, pero los fines de semana nos sentamos a hacer el crucigrama entre los tres, después jugamos ajedrez, parqués o simplemente hablamos de los problemas actuales del país o recordamos como era todo ahora años. Y eso si lo tengo que confesar algunos jueves nos metemos ahí a los billares El Palomar y nos tomamos unos aguardienticos- dice Joaquín con una sonrisa que demuestra la alegría que siente por pertenecer a ese lugar.

Al parque de Envigado lo llamaban el parque del amor, pero no era precisamente por ser de los enamorados, sino porque era el parque de la mor, es decir, el parque de la morcilla, dicen, que en este lugar se encontraba la mejor morcilla de la región. Para don Joaquín y sus amigos, este era un verdadero manjar que no se perdían los domingos después de ir a misa.

Y así transcurren los días de este señor, recordando el pasado y aprendiendo del presente, el dice que aunque los tiempos han cambiado, todavía se conservan tradiciones autóctonas de la vida de pueblo, dice que todavía la gente viene a la plaza para contratar músicos, pues allí se encuentran tríos de carrilera, papayeras y mariachis. Asegura también que el sombrero y el carriel siguen tomando protagonismo en los viejos, que como él, van a la plaza a divertirse. También los carros de comidas conservan los mismos productos como churros, algodón, solteritas, entre otros.

-Cuando llegó a mi casa almuerzo con doña Hilda mi esposa y a veces con algunos de mis hijos, después hago una siesta y por la tarde regreso a la plaza, pero esta vez con Doña Hilada, que va siempre va visitar a una tía muy vieja que ella tiene , y me lleva con ella que porque le da miedo caerse, que le roben, perderse entre otros mil males que ella puede sufrir, y mientras ella visita a su tía yo las espero ahí en Las Nubes tomándome un periquito y leyendo las Selecciones- así termina la historia con Joaquín Antonio Gómez Mesa, una persona que con mucho orgullo de pertenecer a Envigado, cuenta como ha transcurrido su vida dentro de este lugar, comparte todo lo que el parque le ha aportado y sobretodo hace historia de un lugar, que para él, es el más importante para conocer la cultura de los antioqueños, un pueblo.

CRÓNICA SOBRE UNA INVALUABLE INOCENCIA



Son las nueve de la mañana de un domingo soleado y un pueblo fantasma es el escenario que nos da la bienvenida después de un largo recorrido en bus, donde los sueños y unos cuantos tramos de la carretera, nos acompañaban hacia nuestro destino, Concepción un municipio escondido.

Al observar e indagar un poco, nos inclinamos por pensar que el alma de este lugar está en las caras tímidas e inocentes que esconden personajes, que con su corta edad, deslumbran al hablar de su pueblo natal.

El lomo de una calle empedrada soporta los débiles pasos de una pequeña niña que se esforzaba por llegar pronto donde su maestra, a pesar de su agitada respiración y de tener la cara bañada en sudor, como buena habitante de Concepción, se detuvo un momento para prestarnos atención.

-¿Podemos escribir algo sobre ti? Le preguntamos.

-Claro, respondió.

Luz Neira Arias de 13 años, con la ingenuidad característica de un niño, giró su espalda, inclinó su cuerpo y obedeció de manera literal cada una de las palabras que escuchó: nos prestó su espalda para escribir algo sobre ella.

El blanco y verde de la casa de la cultura nos hizo dejar a un lado el mundo de fantasías y risas con el que Luz Neira nos había conquistado, la casa que el General José María Córdoba conoció como su primer hogar nos transportó a una nueva realidad, donde la seriedad y el silencio eran los protagonistas del recorrido.

A simple vista Concepción no tiene mucho para regalar, pero si nos adentramos en los cimientos de su historia, en las grietas que esconden las puertas y ventanas de madera y en el laberinto de piedras que trae el rio, descubrimos un lugar con caminos para andar e historias para explorar.

La abundancia de los suelos permite cultivar fresas, guayabas, papas, café, plátanos, caña, entre otros, que se convierten en el sustento de la mayoría de sus habitantes. Pero no solo alimentos es lo que se cultiva allí, también sueños, esperanzas y futuro.

En una mañana cualquiera, Santiago Cifuentes repitió una vez más lo que era su rutina diaria. Mientras lanzaba el bagazo de la panela al horno no se le ocurrió pensar, que aquello que se convertiría en combustible, en cuestión de segundos, ardería en su mano derecha dejándole una marca imborrable

Santiago, recostado en una pared de una casa blanca con puertas azules, sonreía tímido ante las preguntas que le hacíamos. A pesar de haber sufrido una quemadura de segundo grado su esperanza de tener un mejor futuro estaba puesta en El Trapiche, ese, que a sus 6 años le impidió la oportunidad de estudiar, dejándole el trabajo como única opción.

Dos caras distintas de una misma realidad nos reflejan la cotidianidad de nuestra sociedad, unos, luchando por subsistir, trabajando arduas horas del día, y otros con sed de aprendizaje anhelando una mejor vida.

Con dos contrastes de vidas pensamos que todo había terminado pero un pequeño grito interrumpió nuestra andanza.

-¿Muchachas, me van a comprar la boletica? Dijo, con la vocalización de un hombre de 80 años atrapado en un cuerpo de 10, Luis Alberto Suárez.

- ¿Y para qué son esas boletas?, le preguntamos.

- Para que ustedes ganen, nos respondió.

Esas palabras fueron la puerta que nos permitió prepararnos para hablar con un niño que le sobraba la malicia indígena y le faltaban centímetros para aparentarla. Ahora otra historia de vida estaba ante nuestros ojos, este pequeño entrelazaba la capacidad de trabajar de Santiago y el entusiasmo por estudiar de Luz Neira.

Su carisma, sonrisa y capacidad de vender hasta un helado en la Antártica logró convencernos de comprar, por mil pesos, una de las tan anunciadas boletas, cuyo público objetivo eran los habitantes de Concepción. Esa fue la principal razón para que Luis se hiciera merecedor de una de ellas.

-Se la vamos a regalar pero no la puede votar ¿la llenamos con tu nombre?, le preguntamos.

-No, ¿para qué? Si yo ya me lo sé, nos respondió.

Fue pues una maravillosa experiencia la vivida en un pueblo tradicional del Oriente Antioqueño, en la que pudimos evidenciar la transparencia y el calor humano de los niños, que no han sido contaminados por la “civilización” de las grandes ciudades.