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lunes, 15 de febrero de 2010

CRÓNICA SOBRE UNA INVALUABLE INOCENCIA



Son las nueve de la mañana de un domingo soleado y un pueblo fantasma es el escenario que nos da la bienvenida después de un largo recorrido en bus, donde los sueños y unos cuantos tramos de la carretera, nos acompañaban hacia nuestro destino, Concepción un municipio escondido.

Al observar e indagar un poco, nos inclinamos por pensar que el alma de este lugar está en las caras tímidas e inocentes que esconden personajes, que con su corta edad, deslumbran al hablar de su pueblo natal.

El lomo de una calle empedrada soporta los débiles pasos de una pequeña niña que se esforzaba por llegar pronto donde su maestra, a pesar de su agitada respiración y de tener la cara bañada en sudor, como buena habitante de Concepción, se detuvo un momento para prestarnos atención.

-¿Podemos escribir algo sobre ti? Le preguntamos.

-Claro, respondió.

Luz Neira Arias de 13 años, con la ingenuidad característica de un niño, giró su espalda, inclinó su cuerpo y obedeció de manera literal cada una de las palabras que escuchó: nos prestó su espalda para escribir algo sobre ella.

El blanco y verde de la casa de la cultura nos hizo dejar a un lado el mundo de fantasías y risas con el que Luz Neira nos había conquistado, la casa que el General José María Córdoba conoció como su primer hogar nos transportó a una nueva realidad, donde la seriedad y el silencio eran los protagonistas del recorrido.

A simple vista Concepción no tiene mucho para regalar, pero si nos adentramos en los cimientos de su historia, en las grietas que esconden las puertas y ventanas de madera y en el laberinto de piedras que trae el rio, descubrimos un lugar con caminos para andar e historias para explorar.

La abundancia de los suelos permite cultivar fresas, guayabas, papas, café, plátanos, caña, entre otros, que se convierten en el sustento de la mayoría de sus habitantes. Pero no solo alimentos es lo que se cultiva allí, también sueños, esperanzas y futuro.

En una mañana cualquiera, Santiago Cifuentes repitió una vez más lo que era su rutina diaria. Mientras lanzaba el bagazo de la panela al horno no se le ocurrió pensar, que aquello que se convertiría en combustible, en cuestión de segundos, ardería en su mano derecha dejándole una marca imborrable

Santiago, recostado en una pared de una casa blanca con puertas azules, sonreía tímido ante las preguntas que le hacíamos. A pesar de haber sufrido una quemadura de segundo grado su esperanza de tener un mejor futuro estaba puesta en El Trapiche, ese, que a sus 6 años le impidió la oportunidad de estudiar, dejándole el trabajo como única opción.

Dos caras distintas de una misma realidad nos reflejan la cotidianidad de nuestra sociedad, unos, luchando por subsistir, trabajando arduas horas del día, y otros con sed de aprendizaje anhelando una mejor vida.

Con dos contrastes de vidas pensamos que todo había terminado pero un pequeño grito interrumpió nuestra andanza.

-¿Muchachas, me van a comprar la boletica? Dijo, con la vocalización de un hombre de 80 años atrapado en un cuerpo de 10, Luis Alberto Suárez.

- ¿Y para qué son esas boletas?, le preguntamos.

- Para que ustedes ganen, nos respondió.

Esas palabras fueron la puerta que nos permitió prepararnos para hablar con un niño que le sobraba la malicia indígena y le faltaban centímetros para aparentarla. Ahora otra historia de vida estaba ante nuestros ojos, este pequeño entrelazaba la capacidad de trabajar de Santiago y el entusiasmo por estudiar de Luz Neira.

Su carisma, sonrisa y capacidad de vender hasta un helado en la Antártica logró convencernos de comprar, por mil pesos, una de las tan anunciadas boletas, cuyo público objetivo eran los habitantes de Concepción. Esa fue la principal razón para que Luis se hiciera merecedor de una de ellas.

-Se la vamos a regalar pero no la puede votar ¿la llenamos con tu nombre?, le preguntamos.

-No, ¿para qué? Si yo ya me lo sé, nos respondió.

Fue pues una maravillosa experiencia la vivida en un pueblo tradicional del Oriente Antioqueño, en la que pudimos evidenciar la transparencia y el calor humano de los niños, que no han sido contaminados por la “civilización” de las grandes ciudades.

1 comentario:

  1. Me gusto mucho tu historia,estoy seguro q vas a llegar a ser una gran periodista sigue asi felicitaciones!!!!!

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